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Aborto en la India

Morir por nacer niña

Actualizado domingo 13/05/2007 05:28 (CET)

EL MUNDO

En Salem, al sur de la India, una niña tiene menos posibilidades de sobrevivir que en cualquier otra parte del mundo. El 60% muere en el vientre materno por aborto o tras nacer. El infanticidio con 'la flor del mal' es el método para acabar con las niñas, que consideran una carga inasumible, como relata David Jiménez en el suplemento Crónica de EL MUNDO. A continuación, un extracto de su reportaje:


Cunas vacías en el orfanato Bebés de Cuna. (Foto: David Jiménez)
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Cunas vacías en el orfanato Bebés de Cuna. (Foto: David Jiménez)

SALEM (INDIA).- Las madres de Pudhupalayam admiten haber dado el 'beso de la flor del mal' a decenas de sus hijas y se preguntan en voz alta qué otra cosa pueden hacer. Durante años han celebrado ceremonias, sacrificado animales y rezado a los dioses para que no les traigan más niñas. "Pero siguen viniendo", protesta Pavayee, una campesina.

Tradiciones centenarias, pobreza y presión social han convertido el distrito indio de Salem en el lugar del mundo donde una niña tiene menos posibilidades de llegar a cumplir los cinco años.

El problema se extiende a toda la India y ha sido declarado una emergencia nacional después de que se hayan publicado estadísticas que aseguran que el país tiene un déficit de 50 millones de niñas y mujeres, según datos de UNICEF.

Para los lugareños no hay duda de que las mujeres ponen en peligro el futuro familiar: la discriminación que sufren les impide heredar propiedades, no pueden trabajar el campo como los hombres y, cuando llega el momento de casarlas, sus padres deben pagar dotes que les obligan a endeudarse de por vida.

En Salem se han dado infanticidios de niñas de hasta siete años e incluso se conocen casos de familias que mataron a sus hijas al alcanzar la pubertad para evitar la vergüenza pública de no poder satisfacer la dote. La muerte de más de 5.000 niñas en Salem —algo más de tres millones de habitantes— en los últimos años sólo ha provocado dos detenciones.En las aldeas impera la ley del silencio y el único castigo suele estar reservado para quienes rompen ese código.

El infanticidio no se limita a las zonas rurales o pobres. Salem es, a pesar de las privaciones de muchos de sus habitantes, el quinto distrito más próspero del Estado de Tamil Nadu. La preferencia por el varón está igualmente arraigada entre las poblaciones urbanas y entre las clases medias y altas de la India, donde el fácil acceso a máquinas de ultrasonido hace que las parejas opten por abortar al conocer el sexo del bebé.

El mayor desequilibrio de población del mundo

La India, con un 8% más de varones que hembras, tiene ya el mayor desequilibrio de población por sexo del mundo después de China. La policía asegura haber detectado un aumento de crímenes sexuales, tráfico de personas y violencia en regiones donde los jóvenes no pueden encontrar suficientes mujeres. El secuestro de novias se ha generalizado y se han dado casos de hermanos que comparten esposa.

Los programas de abandono de bebés que ahora se van a aplicar en toda la India no son nuevos en el distrito de Salem. El Gobierno local los ha aplicado de forma intermitente desde hace años con resultados mixtos. La solución a los infanticidios de la India pasa por romper el ciclo de pobreza y tradiciones que han hecho que tener una hija sea una carga a menudo insoportable.

Los programas sociales han empezado a dar resultados en aldeas como Pudhupalayam, donde Sevandhi Ammal destaca sobre el resto de las mujeres. Tiene tres hijas, el mismo número de veces que ha resistido la presión social para que hiciera lo que se espera de las mujeres de Salem. "¿Cuándo lo harás?", es lo único que preguntó su suegra cuando supo que había tenido una nieta. "¿Cuándo lo harás?", insistió su marido, suponiendo que alguna culpa pesa sobre las mujeres que dan a luz una niña y, por tanto, son ellas las que deben solucionar el problema.

"Todo el mundo me decía que debía matarlas. Tuve tentación de darles el veneno. Estuve a punto de hacerlo con cada una de ellas. Rompí el tallo y puse el veneno en un cazo, pero no pude dárselo", recuerda Sevandhi, que hoy tiene 40 años y el rostro arrugado por lustros de trabajo en el campo.

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